La habitación estaba en penumbras, pequeños rayos del atardecer se colaban entre las ranuras de la persiana medio bajada. Había terminado de preparar la cena, algo ligero, porque sabía q no tendrías mucha hambre, pero era necesario q comieras un poco.
Entré sigilosamente, procurando no hacer mucho ruido, te había convencido para q te acostaras un rato antes de cenar, y aunque me habías hecho caso, sabía q te había costado mucho dormirte, había oído bastante rato tu tos desde el salón.
Te observé acurrucado en tu lado de la cama, era curiosa la forma en q siempre dejabas libre el mío, a pesar de q yo no estuviera en ella. Estabas de espalda a la pared, girado hacia la ventana. Me senté en el borde de la cama, muy despacio, apenas apoyándome un poco, y me agaché hacia ti para despertarte.
Sin embargo, no llegué a hacerlo...tu rostro estaba sereno y tranquilo, me daba pena molestarte. Mantuve esa posición, fijándome como la escasa luz de la habitación perfilaba tus rasgos. Apenas podían distinguirse, pero no me hacía falta más luminosidad para apreciarlos, tenía cada milímetro de tu cara retenido en mi mente.
Una de tus manos reposaba sobre la almohada, posé la mía sobre ella, notando tu calor, ese calor q me inundaba cada vez q me acariciabas, cuando me rozabas...Nunca me hubiera imaginado las manos de un músico tan pequeñas, apenas superaban a las mías en unos centímetros, pero estaba visto q cuando había talento pequeños obstáculos físicos se hacían insignificantes.
Acaricié, casi inapreciablemente, tus dedos, y sonreí al mirar las uñas mordisqueadas. Seguía siendo imposible el q dejaras de mordértelas, a pesar de todo mi empeño. Era un signo inequívoco de tus continuos nervios, tan propios de ti como tus interminables enfermedades.
Aparté mi mano de la tuya y la posé en tu frente. Parecía q te había bajado la fiebre, seguramente los antibióticos estaban haciendo efecto. No me decidía a despertarte, hacía días q no dormías tanto tiempo seguido y te hacía falta descansar.
Decidí dejarte en la cama al menos una hora más, la cena podría calentarse de nuevo. Pero antes de irme mis ojos recorrieron tu cara, desde tu pelo corto y oscuro, por el q pasaba mis dedos antes de dormirme, a tu barbilla, con ese hoyuelo tan singular q se acentuaba cada vez q sonreías.
Precisamente tu sonrisa era, para mí, tu mayor atractivo, esa sonrisa limpia y sincera, q me recordaba todos los días porque te quería.
Acaricié con el dorso de mi mano tu mejilla, tenías barba de varios días, me gustaba como te quedaba, te hacía interesante y te daba un aire de seriedad q contrastaba con tu dulce sonrisa.
Esos ojos, q ahora permanecían cerrados, eran capaces de hacerme ruborizar sólo con recorrer mi cuerpo. Recordé la primera vez q había conseguido mantener mi mirada fija en ellos, observando su color, un color avellana uniforme, transmitiendo esa falsa seguridad q sólo se descubría cuando se te conocía de verdad. Pero era el brillo q en ellos residía lo q revelaba tu instinto curioso e inquieto.
Tus cejas espesamente pobladas ayudaban a afianzar esa imagen de hombre concienzudo e inteligente de la q tanto te gustaba presumir y q ocultaban al niño rebelde y travieso q residía en tu interior.
Era estupendo poder observarte así, sin q tú lo supieras, casi a escondidas. Solté un pequeño suspiro, pidiendo en silencio q retuviera ese instante para siempre
No hay comentarios:
Publicar un comentario